“La calidad de vida de una persona con autismo depende del conocimiento que la sociedad tenga de esta”. Theo Peeters.

lunes, 14 de agosto de 2017

La musicoterapia y los síntomas de los niños con autismo


El tratamiento con musicoterapia no mejora los síntomas de los niños con autismo, según ha puesto de manifiesto un estudio llevado a cabo por científicos del Centro de Investigación de Musicoterapia de la Academia Grieg en Bergen (Noruega) y que ha sido publicado en ‘JAMA’.

La musicoterapia busca explotar el potencial de la música como medio de comunicación social ya que estas personas tienen importantes problemas a la hora de comunicarse. En la terapia de música improvisada, el paciente y el terapeuta improvisan música cantando, jugando y moviéndose con el fin de facilitar el desarrollo de las habilidades comunicativas sociales del niño.

No obstante, en el estudio se ha demostrado que no aporta tantos beneficios que aporta a los niños con autismo. Para alcanzar esta conclusión, los expertos asignaron al azar a niños de 4 a 7 años con autismo en dos grupos: uno con musicoterapia y otro sin este tratamiento. El objetivo en ambos casos era mejorar la atención y comunicación del menor.

Los investigadores descubrieron que durante cinco meses, la diferencia de mejoría en ambos grupos era pequeña y que, incluso, no se detectaron diferencias significativas en la gravedad de los síntomas de la TEA. “Estos hallazgos no apoyan el uso de terapia de música improvisada para la reducción de síntomas en niños con trastorno del espectro del autismo”, han zanjado los investigadores.

Revista JAMA
http://jamanetwork.com/journals/jama/article-abstract/2647867

Enlace original 
http://www.psiquiatria.com/trastornos_infantiles/el-tratamiento-con-musicoterapia-no-mejora-los-sintomas-de-los-ninos-con-autismo/

lunes, 7 de agosto de 2017

Las personas con autismo se sorprenden menos con lo inesperado


La revista Nature Neuroscience publica un proyecto de la University College de Londres que determina que los adultos con autismo pueden sobreestimar la volatilidad del mundo que les rodea.

Un estudio de la University College de Londres ha descubierto que los adultos con autismo estaban menos sorprendidos por imágenes inesperadas, en una tarea de aprendizaje simple, que los adultos sin autismo. La insistencia en la igualdad y la intolerancia al cambio forman parte de los criterios diagnósticos para el autismo, pero existe poca investigación sobre cómo las personas con autismo representan y responden a cambios inesperados en su entorno. 

El estudio, formado por 24 adultos con autismo y 25 adultos sin autismo, consistía en una tarea que implicaba aprender a esperar ver diferentes imágenes en una pantalla de computadora después de escuchar un sonido alto o bajo. Los investigadores aplicaron el modelado computacional a los datos para caracterizar el proceso de aprendizaje de cada persona. Los resultados reflejaron que los adultos con autismo tienden a sobreestimar lo cambiante, que es el ambiente, reduciendo sus expectativas anteriores guiadas por su comportamiento. Los adultos con autismo aprendieron la tarea bastante bien en general, pero mostraron diferencias en la actualización de sus expectativas cuando el ambiente inesperadamente se volvió más volátil.

"Sabemos de estudios previos que las personas con autismo a menudo no se sorprenden por cosas que sorprenderían a otras personas", ha dicho Rebecca Lawson, autora del estudio. "Cuando estamos inseguros tanto con nuestras propias creencias, como bajo condiciones volátiles, nos impulsan más nuestros sentidos que nuestras expectativas anteriores. Si las personas con autismo esperan a menudo la volatilidad, ésto ayudaría a explicar su propensión a la sobrecarga sensorial, mejorado el funcionamiento perceptual y la insensibilidad al contexto ", ha añadido Lawson.

El estudio determinó que la capacidad de formar expectativas sobre las imágenes estaba relacionada con los problemas de comunicación de las personas con autismo. Las medidas computacionales de aprendizaje y sorpresa también estaban relacionadas con los cambios en el tamaño de la pupila, que se cree que refleja la función de los químicos del cerebro llamados neuromoduladores, como la noradrenalina.

"Las diferencias individuales entre cómo la gente representa y responde al mundo son a menudo más llamativas que las similitudes. Esta investigación representa un avance importante en nuestra comprensión de cómo las personas con autismo ven el mundo de manera diferente", ha concluido Lawson.

Revista Nature Neuroscience 
http://www.nature.com/neuro/journal/vaop/ncurrent/full/nn.4615.html

Enlace original 
http://m.diariomedico.com/noticia/195321

lunes, 31 de julio de 2017

La percepción del mundo depende de los genes, y difiere en el autismo


La forma en que los niños observan las escenas sociales está determinada por sus genes, y es muy diferente en los menores con autismo, lo que puede ayudar a comprender esta enfermedad y detectarla precozmente, según un estudio.

La forma en la que miramos a otras personas, en la que percibimos el mundo, está fuertemente influenciada por nuestros genes. Al menos esa es la conclusión a la que ha llegado un equipo multidisciplinar de científicos estadounidenses, a través de una investigación que puede ser realmente importante para entender mejor el autismo, ya que sugieren que las personas nacemos con diferencias en las capacidades neurológicas, y que dichas diferencias pueden afectar a los comportamientos sociales.

El estudio, que ha sido publicado recientemente en la revista Nature Genetics, muestra que la genética influye en cómo los niños buscan experiencias sociales de las que aprender como, por ejemplo, establecer contacto visual, u observar las expresiones faciales de quienes les rodean. Y esto, que hasta ahora no se había estudiado, es especialmente importante porque puede proporcionar una hoja de ruta para que investigaciones futuras busquen genes relacionados con el autismo ya que, aunque se cree que el autismo tiene una base genética, la forma en que unos genes específicos influyen en el desarrollo de esta enfermedad sigue siendo algo desconocido.

Los niños con autismo pasaban más tiempo mirando a los objetos que a las caras de las personas que salían en los vídeos, en comparación con los pequeños cuyo desarrollo era típico

Los científicos analizaron los movimientos oculares de 338 niños, con una edad comprendida entre el año y medio y los dos años, mientras veían vídeos en los que aparecían madres y niños jugando. Del total de participantes en el estudio, 250 menores se desarrollaban normalmente –y entre ellos se incluían 41 pares de gemelos idénticos, 42 pares de gemelos no idénticos, y 84 niños no relacionados entre sí–, mientras que los otros 88 niños tenían autismo.

Los resultados revelaron que los gemelos idénticos miraban los vídeos de manera casi idéntica –incluso cuando no se encontraban en presencia de su hermano– y, de hecho, el tiempo que dedicaban a mirar a los ojos de otra persona era casi el mismo, y también tendían a mover los ojos en los mismos momentos, la misma dirección y hacia el mismo contenido. En el caso de los gemelos no idénticos, sin embargo, la coincidencia solo se producía en el 10%. Esta conducta se mantuvo mientras iban creciendo, y los gemelos no idénticos incluso se diferenciaron algo más con el paso del tiempo.

En comparación con los de desarrollo típico, los niños con autismo pasaban más tiempo mirando a los objetos que a las caras de las personas que salían en los vídeos. La diferencia fue tan consistente, que los investigadores podían incluso identificar a los niños con autismo solo con observar los resultados del rastreo ocular. Esto refuerza los resultados de investigaciones previas, en las que estos mismos científicos demostraban que los bebés de entre dos y seis meses de edad que miraban menos a los ojos de las personas en los vídeos, eran más propensos a recibir un diagnóstico de autismo a los tres años.

Los expertos aseguran que los resultados del estudio demuestran que existe un comportamiento social significativamente diferente en los niños con autismo, que está fuertemente influenciado por la genética. En este sentido, la investigación proporciona datos detallados sobre cómo los niños miran las caras, incluyendo características de enfoque y el movimiento de los ojos; una información que podría ayudar a los científicos a determinar los circuitos que controlan los movimientos oculares, siendo así capaces de identificar a los genes que están siendo empleados en dichos circuitos, lo que sería un gran avance para la comprensión de los trastornos del espectro del autismo (TEA).




lunes, 24 de julio de 2017

Descubren mutaciones tardías vinculadas al riesgo de autismo


Un estudio a gran escala con técnicas de secuenciación genética ha revelado que las mutaciones que tienen lugar tras la fecundación juegan un papel clave en el desarrollo de trastornos del espectro del autismo, según los resultados de un estudio publicado en la revista 'Nature Neuroscience'.

En la última década se han identificado más de 60 mutaciones en diferentes genes relacionadas con esta enfermedad, incluyendo mutaciones espontáneas o hereditarias, pero pese a ello el origen de la enfermedad sigue siendo una incógnita, según han reconocido Elaine Lim y Christopher Walsh, investigadores del Hospital Infantil de Boston (Estados Unidos) que han liderado el estudio.

Las mutaciones espontáneas o de novo pueden ocurrir en el esperma o el óvulo de uno de los progenitores, o bien en una célula embrionaria después de la fecundación. Estas últimas son conocidas como mutaciones postcigóticas y, como afectan a menos células, son más difíciles de detectar.

"Si la mutación está en una fracción muy pequeña de todas las células, se perderá por la secuenciación de todo el exoma", ha explicado Lim.

Para encontrar este tipo de mutaciones, los investigadores obtuvieron datos de secuenciación de todo el exoma de un total de 5.947 familias cuyos datos pertenecían a las fundaciones Simons Foundation Autism Research Initiative (SFARI) Simplex Collection, the Autism Sequencing Consortium y Autism Speaks.

A continuación, secuenciaron de nuevo el ADN de algunos de los afectados utilizando tres tecnologías independientes de secuenciación en paralelo. Según sus hallazgos, el 7,5 por ciento de las mutaciones de novo de los pacientes con autismo eran postcigóticas y, de estas, el 83 por ciento no habían podido detectarse en la primera secuenciación del genoma.
Algunas de estas mutaciones afectaban a genes ya conocidos por estar relacionados con el autismo u otros trastornos del neurodesarrollo (como los SCN2A, HNRNPU y SMARCA4) de diferentes maneras. Muchos otros estaban en genes que se sabe que son activos en el desarrollo del cerebro (como el KLF16 y MSANTD2) pero no se habían asociado hasta ahora con el autismo.

Además, ha añadido Lim, "algunas de estas mutaciones postcigóticas encontradas representan una ganancia funcional, no una pérdida de función".

Y al comparar los datos de secuenciación con los análisis del ADN de muestras obtenidas en sangre, empezaron a observar en qué región del cerebro se expresan estos genes y qué mutaciones tuvieron lugar durante el desarrollo.

De este modo, los análisis mostraron que estas mutaciones tienen lugar de forma desproporcionada en los genes expresados en la amígdala, una región cerebral que se sabe que es "importante en el autismo", ha explicado.

En general, el trabajo se suma a la evidencia de que algunos trastornos cerebrales complejos como la epilepsia, la discapacidad intelectual, la esquizofrenia y malformaciones cerebrales pueden surgir de mutaciones no hereditarias que ocurren en algún momento durante el desarrollo prenatal.

"Sabemos que las postcigóticas son una causa importante de epilepsia, pero este trabajo proporciona la mejor evidencia hasta el momento de que también son relevantes para el autismo", según apostilla Walsh, que también es investigador del Instituto Médico Howard Hughes.




lunes, 17 de julio de 2017

La asociación entre el autismo y la epilepsia

La asociación entre el autismo y la epilepsia ha sido descrita durante décadas, todavía nos falta una comprensión completa de esta relación. Desde el punto de vista clínico, la superposición entre los dos trastornos parece ser frecuente y plantea muchos desafíos, incluyendo mayor riesgo de empeoramiento de los perfiles cognitivos y de comportamiento y en general peor pronóstico.

Con respecto a los factores de riesgo, hay varios que tienen un apoyo constante en la literatura. 

La discapacidad intelectual se asocia con una mayor prevalencia en epilepsia.

El género femenino está más asociado con la epilepsia en el Trastorno del Espectro del Autismo (TEA); Sin embargo, esta asociación puede ser impulsada por el fenómeno de menores coeficientes de inteligencia en las mujeres. Los casos con TEA idiopática parecen tener un menor riesgo de desarrollar epilepsia en comparación con aquellos con afecciones neurogenéticas o neurológicas concomitantes (es decir, autismo sindrómico). Otros factores asociados, como la historia familiar de epilepsia o TEA, el peso al nacer, la edad gestacional y los antecedentes familiares de enfermedades psiquiátricas también han sido implicados, pero no hay suficientes datos para sacar conclusiones firmes. Hay muy pocos estudios que investiguen el efecto de la epilepsia en el TEA o fenotipos relacionados con el comportamiento neurológico, y este es un área de estudio muy necesario.

En cuanto a las características de la epilepsia en los individuos con TEA, parece que hay por lo menos dos picos de inicio de convulsiones: primero en la primera infancia y segundo en la adolescencia. Existen diversos tipos de convulsiones y síndromes de epilepsia observados en individuos con TEA con convulsiones parciales complejas que suelen reportarse con mayor frecuencia. Además de la variabilidad de las convulsiones, los comportamientos que son similares a las convulsiones son muy comunes en los pacientes con TEA, lo que agrega otra capa de complejidad a la caracterización de los eventos paroxísticos en el TEA. Se sabe menos sobre la gravedad y la respuesta al tratamiento de la epilepsia en pacientes con TEA; Sin embargo, hay alguna evidencia de mayor refractariedad y mortalidad del tratamiento.

Las anomalías de EEG interictal se encuentran comúnmente en pacientes con TEA si tienen o no convulsiones. Sin embargo, lo que estas anomalías significan todavía no está claro. No hay datos disponibles sobre si la anomalía epileptiforme es realmente predictiva del desarrollo de la epilepsia.

La asociación entre las anomalías EEG y regresión sigue sin respuesta ya que la literatura disponible se divide en este tema. Las recomendaciones clínicas actuales son que los EEG sólo deben obtenerse si existe una preocupación clínica por las convulsiones. Las futuras orientaciones de investigación deben incluir estudios longitudinales de EEG en pacientes con TEA para investigar si las anomalías están asociadas con cualquier fenotipo de comportamiento específico, predecir el desarrollo posterior de convulsiones, e incluso podrían ser un objetivo para el tratamiento.

Existen menos estudios sobre la prevalencia de TEA en pacientes con epilepsia. Sin embargo, la mayor parte de la literatura describe un mayor riesgo de TEA en estas poblaciones, que puede estar relacionado con factores genéticos u otra patofisiología subyacente. Los síndromes de epilepsia severa de inicio temprano como el IS parecen aumentar el riesgo de TEA; Sin embargo, los datos siguen siendo conflictivos sobre si es la ocurrencia de IS per se o la etiología subyacente.

Sólo unos pocos estudios han abordado el cribado de TEA en poblaciones con epilepsia, y mientras las muestras siguen siendo pequeñas, destacan la necesidad de detección de TEA en poblaciones con epilepsia. Desafortunadamente, el método óptimo para hacer esto sigue siendo desconocido. Del mismo modo, las evaluaciones diagnósticas completas de TEA en grandes poblaciones con epilepsia faltan. Existen varias herramientas de diagnóstico TEA estandarizadas para el diagnóstico de TEA que podrían emplearse. Estos incluyen entrevistas semiestructuradas de cuidadores tales como Autism Diagnostic Interview — Revised (ADI-R) y Diagnostic Interview for Social and Communication Disorders (DISCO) y una evaluación basada en juegos semiestructurada del individuo con autismo tal como Autism Diagnostic Observation Schedule. Sin embargo, cabe señalar que estas herramientas requieren tiempo y capacitación para administrar y no están destinadas a reemplazar la práctica diagnóstica clínica.

En conclusión, si bien el fenómeno se ha identificado durante muchos años, nuestro conocimiento no ha avanzado en consecuencia. Esta revisión crítica de la literatura muestra que la investigación en este campo ha producido resultados inconsistentes o no ha abordado algunas de las preguntas clave. Esto es más probable porque la investigación (y el cuidado clínico) ha procedido en silos específicos de la disciplina. Los clínicos e investigadores del comportamiento no suelen recibir formación en epilepsia, y los neurólogos tienen un entrenamiento limitado en trastornos neurocomportamentales.

Se necesiten grandes estudios sistemáticos que empleen la determinación estricta de muestras utilizando definiciones estandarizadas de ambos trastornos, herramientas validadas de recopilación de datos y un seguimiento longitudinal apropiado para arrojar luz sobre ciertos aspectos clínicos de la comorbilidad de TEA y epilepsia. Esto es necesario para informar a los médicos que se ocupan de estos pacientes sobre una base diaria. Idealmente, se podría proporcionar el diagnóstico óptimo y los servicios de tratamiento a estos pacientes en un entorno multidisciplinario con epilepsia y especialistas en neurocomportabilidad en un modelo de atención integral mejorada. Por último, es necesario hacer más trabajo a nivel de investigación de la fisiopatología subyacente que podría contribuir en última instancia a los esfuerzos de investigación traslacional en el desarrollo de nuevas modalidades de tratamiento.

Para leer más:

El Achkar CM, Spence SJ (2015). Clinical characteristics of children and young adults with co-occurring autism spectrum disorder and epilepsy. Epilepsy & Behavior 47 183–190

miércoles, 12 de julio de 2017

La oxitocina mejora las habilidades sociales de algunos niños con autismo


Los niños con autismo mostraron un comportamiento social mejorado cuando se trataron con oxitocina, una hormona ligada a las habilidades sociales, según un nuevo estudio realizado por investigadores de la Facultad de Medicina de la Universidad de Stanford, en Palo Alto, California, Estados Unidos. Los niños con baja oxitocina se beneficiaron más de la medicación.

La investigación, que se detalla en un artículo que se publica en la edición digital de este lunes de ‘Proceedings of the National Academy of Sciences’, consideró cómo los niveles basales de oxitocina influyen en las respuestas de los niños con autismo a la sustancia.

“Nuestros resultados sugieren que algunos niños con autismo se beneficiarán del tratamiento con oxitocina más que otros y que los niveles de oxitocina en sangre podrían ser un signo biológico que nos permitirá predecir si un niño responderá al máximo o no”, afirma Karen Parker, profesora asociada de Psiquiatría y Ciencias del Comportamiento, quien añade que el ensayo, realizado en 32 niños, era relativamente pequeño y necesita replicarse.

“Finalmente, estamos detallando para quién sería beneficiosa la oxitocina”, dice el autor principal del estudio, Antonio Hardan, profesor de Psiquiatría y Ciencias del Comportamiento. Aunque el efecto de la oxitocina fue modesto, los resultados son emocionantes porque no existen otros medicamentos para tratar cualquiera de las características centrales del autismo, agrega Hardan.

El autismo es un trastorno del desarrollo caracterizado por una mala capacidad social y habilidades de comunicación verbal, así como comportamientos restrictivos y repetitivos. No todos los niños con el trastorno están igualmente afectados; los síntomas varían en gravedad. En 2014, Parker y Hardan y sus colegas descubrieron que los niveles de oxitocina varían mucho en niños con y sin autismo y que aquellos con baja oxitocina tienen más discapacidad social independientemente de si tienen autismo.

Ese descubrimiento hizo que los investigadores se preguntaran si los beneficios de la oxitocina como terapia para el autismo podrían limitarse a los niños cuyos niveles eran bajos al inicio. Otros ensayos sobre la oxitocina en el autismo han producido resultados mixtos, pero no tuvieron en cuenta los niveles basales de los sujetos.

El nuevo estudio incluyó a 32 niños con autismo que fueron asignados aleatoriamente para recibir un espray de oxitocina intranasal o un espray placebo dos veces al día durante cuatro semanas. Los niveles de oxitocina en sangre de los niños se midieron antes y después del periodo de cuatro semanas. Se evaluó el comportamiento de los niños al inicio y al final del ensayo usando un cuestionario estandarizado completado por sus padres. Se encontró que la hormona era segura, sin eventos adversos.

Como en muchos ensayos, los investigadores vieron alguna mejoría incluso en niños que recibieron placebo, aunque el efecto fue menos pronunciado que en el grupo con oxitocina. Los niños que tenían baja oxitocina en la línea de base recibieron más beneficio del placebo que los que comenzaron con alta oxitocina y la producción propia de sus cuerpos de la hormona aumentó modestamente.

Este hallazgo inesperado sugiere una posible explicación biológica para el efecto placebo, que es común en estudios de tratamientos psicológicos y psiquiátricos, dice Parker. La idea de que el incremento de la producción natural de oxitocina podría explicar cómo los pacientes se benefician de un placebo merece futuras investigaciones, añade.

Entre los niños que recibieron oxitocina, aquellos con los niveles más bajos de oxitocina al comienzo del ensayo experimentaron las mayores mejoras en el comportamiento social. Los efectos de la oxitocina fueron específicos: la hormona no cambió la frecuencia de los comportamientos repetitivos ni afectó a los niveles de ansiedad de los niños.

Ya está en marcha una gran prueba de la oxitocina para niños con autismo en varias instituciones a través de Estados Unidos, y Hardan y Parker tienen curiosidad acerca de si este análisis de mayor tamaño replicará sus hallazgos. “Si nuestros hallazgos se replican en el gran estudio financiado por los NIH [Instituto Nacionales de Salud estadounidenses], entonces podría considerar hacer mediciones básicas de oxitocina como parte de mi práctica clínica para tratar de determinar si pacientes específicos responderán”, dice Hardan, reconociendo la dificultad porque en la actualidad, los niveles de oxitocina en la sangre no se miden rutinariamente en los laboratorios clínicos.

También advirtió que la administración oral o sublingual de oxitocina no necesariamente produciría los mismos resultados que la oxitocina intranasal probada. “Esperemos que esto sea un primer paso para identificar las características de las personas con autismo que responden a tratamientos específicos –afirma Hardan–. Debido a la heterogeneidad del trastorno, tenemos que empezar a hacer ensayos clínicos para ver si habrá una respuesta, pero más para ver quién responderá a los posibles tratamientos”.





martes, 11 de julio de 2017

Las personas con autismo son más inmunes a los trucos de la publicidad



Los consumidores somos constantemente bombardeados con opciones interminables de cada producto, presentadas intencionadamente para influir en la decisión final de compra. Según un nuevo estudio publicado en Psychological Science, parece el autismo puede proteger frente algunos trucos de márketing. Los investigadores de la Universidad de Cambridge (Reino Unido) han encontrado que las personas con algún trastorno del espectro del autismo (TEA) son más consistentes en sus opciones al evaluar las opciones de productos.

Cuando se trata de procesar la información y realizar diversas tareas cognitivas, las personas con TEA son conocidos por ser mejores en la optimización de estímulos distractores o contexto irrelevante y los científicos quería comprobar si esta tendencia se aplicaría a las tareas de toma de decisiones de nivel superior. Para ello, el equipo reclutó a 90 personas con este diagnóstico y 212 personas neurotípicas sin ninguna condición. A ambos grupos se le presentaron repetidamente diez pares de productos en diferentes categorías, incluyendo teléfonos celulares, una marca de zumos de naranja, o memorias USB. Los participantes tuvieron que elegir un producto que tuviera dos características previamente indicadas (como la vitamina C y el contenido de calorías de un jugo de naranja, por ejemplo). Pero las opciones estaban manipuladas de tal modo que cada par de productos se acompañaba de un producto 'señuelo' con las características seleccionadas para hacer una de las dos opciones más atractiva.

Si las personas fueran agentes perfectamente racionales (y no lo somos), un producto señuelo no debería llamarnos tanto la atención y deberíamos ser capaces de evaluar los productos por su propio mérito, independientemente de las distracciones. "Si uno prefiere el salmón a la carne, esto no debe cambiar solo porque se le añaden ancas de rana al menú", ejemplifican los investigadores. Pero los estudios han demostrado una y otra vez que cuando los humanos neurotípicos hacen elecciones, la presentación de sus opciones es muy importante. Esto se conoce como el efecto de atracción, un fenómeno bien conocido y fácilmente aplicado por los vendedores que tratan de influir en el comportamiento del consumidor. Mediante el uso de señuelos específicos, el equipo fue capaz de ver si las personas cambiaron su selección cuando cambiaba este, sin que se modificaran ninguna de las características principales del producto.

Los resultados muestran que los participantes con TEA hicieron elecciones más consistentes y menos influenciadas por los trucos, lo que sugiere, desde una perspectiva económica, que las personas con autismo son más racionales y menos propensas a ser influenciadas por la forma en que se presentan las opciones, aseguran los autores. Afirman que este hallazgo tiene aplicaciones prácticas para el funcionamiento socioeconómico de las personas diagnosticadas, porque además de en la compra de productos, esta capacidad puede tener un efecto en las decisiones políticas o juicios legales. 

Para los científicos, este trabajo volvería a demostrar que el autismo no es en todos los aspectos una discapacidad. El equipo espera que haya más posibilidades de estudiar otras peculiaridades psicológicas conocidas para comprender mejor cómo procesan el mundo las personas con esta condición.




jueves, 22 de junio de 2017

El contacto visual genera ansiedad en muchas personas con autismo


Investigadores del Hospital General de Massachusetts han publicado un estudio en Nature Scientific Reports que revela que las personas con autismo evitan el contacto visual porque les genera una sensación incómoda, no porque no les interese ver a la otra persona a los ojos.

La parte del cerebro responsable de ayudar a los recién nacidos a recurrir a las caras conocidas está anormalmente activada entre los que están en el espectro del autismo, sugiriendo que forzarlos a tener contacto visual produciría ansiedad.

Trastorno del espectro del autismo es un término utilizado para describir una variedad de condiciones que hacen de la comunicación y socialización, un reto, y está a menudo acompañada de conductas restringidas y repetitivas. Otra de sus características es la dificultad para establecer o mantener el contacto visual, un comportamiento que no solo dificulta las interacciones sociales, sino que puede conducir a la falta de comunicación en las culturas donde el contacto visual se toma como un signo de confianza y respeto.

Aquellos con la expresan ansiedad sobre el contacto visual, pero los psicólogos han estado inseguros sobre si el malestar es sensorial o proviene de un conflicto sobre la importancia social de mirar a una persona cuando se comunica. Investigaciones anteriores sugirieron esto último, pero un equipo de neurólogos sospechó que el problema podría ser una sensibilidad excesiva de las partes del cerebro responsables de la percepción emocional.

Específicamente, los investigadores miraron a una parte del cerebro llamada sistema subcortical, una variedad de estructuras que integra la información de la corteza externa con los sentidos periféricos para dar lugar a movimientos y otros comportamientos. Dentro de este sistema hay caminos que transportan la información visual de los ojos a partes del cerebro que estimulan las emociones, y ayuda a los recién nacidos a reconocer rostros familiares.

Las investigaciones previas sobre si esta parte del cerebro estaba hiperactiva en personas con TEA produjeron resultados mixtos. Para resolver este conflicto, los investigadores utilizaron imágenes de resonancia magnética funcional (IRMf) para medir las diferencias en la activación de las partes del sistema subcortical responsables de procesar caras en 23 voluntarios adultos y niños con ASD y 20 controles.

Mientras que la región subcortical de reconocimiento facial estuvo activa en ambos grupos, las áreas eran altamente activas en aquellos con ASD cuando se vieron obligados a concentrarse alrededor de la región del ojo, especialmente cuando las caras expresaron temor. "Los hallazgos demuestran que la aparente falta de interés interpersonal en las personas con autismo no se debe a una falta de interés en sí", dice el investigador principal Nouchine Hadjikhani. "Más bien, nuestros resultados muestran que este comportamiento es una forma de disminuir una excitación excesiva desagradable que proviene de la sobreactivación en una parte particular del cerebro".


La investigación es suficiente para forzar un replanteamiento de las consecuencias de coaccionar a los niños con autismo a practicar el contacto visual. "Los hallazgos indican que obligar a los niños con autismo a mirar a los ojos de alguien en terapia conductual puede crear mucha ansiedad para ellos", dice Hadjikhani.



jueves, 15 de junio de 2017

Fiebre de las madres en el embarazo aumenta en 34% riesgo de autismo en bebés


La fiebre durante el embarazo puede aumentar el riesgo de desarrollo del trastorno del espectro del autismo (TEA) en el niño, según un estudio realizado por científicos del Centro de Infección e Inmunidad (CII) de la Escuela de Salud Pública Mailman de la Universidad de Columbia, publicado en la revista Molecular Psychiatry. El riesgo de TEA se incrementó en un 34% en bebés de madres que informaron sufrir fiebres en cualquier momento durante el embarazo. La asociación se vio más pronunciada en el segundo trimestre de gestación, en que las probabilidades de este desorden aumentaron en 40%.

El riesgo de padecer TEA se incrementó en más del 300% en niños de mujeres que reportaron tres o más fiebres después de la duodécima semana de embarazo.

De acuerdo con la Organización Mundial de la Salud, 1 de cada 160 niños tiene TEA, que se manifiesta desde la infancia y tiende a persistir en la adolescencia y la edad adulta. Aunque algunos pacientes con grados moderados del desorden pueden vivir independientemente, otros requieren de cuidados especiales de por vida. El tratamiento de su comportamiento y los programas de capacitación para padres pueden reducir las dificultades en la comunicación y el comportamiento social, aunque no existe una cura definitiva. De ahí que el diagnóstico temprano sea de vital importancia, a fin de aplicar terapias preventivas con impacto en la calidad de vida de pacientes y familias.

El reciente estudio de Columbia es el más sólido hasta la fecha en la exploración de la relación entre la fiebre de gestantes y su relación con el TEA en bebés, abordando también la eficacia de dos antipiréticos de uso común como el acetaminofeno (paracetamol) y el ibuprofeno.

El riesgo de TEA fue reducido mínimamente en bebés de mujeres que tomaron acetaminofeno para bajar la fiebre en el segundo trimestre de embarazo. Y aunque no hubo casos de TEA entre hijos de madres que tomaron ibuprofeno, una droga antiinflamatoria no esteroide, los investigadores no pudieron determinar si el riesgo se mitigó debido al número extremadamente pequeño de mujeres que usaban este fármaco en particular para la fiebre. Los resultados del estudio aparecen.

Los investigadores siguieron a 95.754 niños nacidos entre 1999 y 2009 (51,4%, varones). Las madres de 15.701 niños (16%) informaron fiebre en uno o más intervalos de cuatro semanas durante el embarazo, una tasa similar a la reportada de TEA en EE.UU. El riesgo aumentó 1,3 veces con uno o dos episodios de fiebre después de la duodécima semana de gestación, y en 3,12 veces con tres o más calenturas. Asimismo, la presencia de fiebre en el primer trimestre se asoció con episodios en trimestres siguientes, mientras la fiebre en el segundo se asoció con otras en el tercer trimestre

Los hallazgos refuerzan la hipótesis de que la fiebre y las alteraciones inmunológicas asociadas están implicadas en un subconjunto de casos de TEA. Al no haber abordado las causas microbianas de la fiebre materna y la activación inmune, el documento señala que el trabajo a futuro debe centrarse en la identificación y prevención de las infecciones prenatales y las respuestas inflamatorias que pueden contribuir a la patogénesis del TEA.






jueves, 8 de junio de 2017

La neuroimagen puede ayudar a detectar el autismo en bebés


Las pruebas de neuroimagen en bebés de 6 meses pueden ayudar a detectar los trastornos del espectro del autismo (TEA), según un estudio publicado hoy en la revista especializada Science Translational Medicine.

La investigación, realizada por expertos de la Universidad de Carolina del Norte y la Escuela de Medicina de la Universidad de Washington en San Luis (Misuri), se centró en el examen del cerebro de 59 niños con un riesgo alto de autismo.

Mediante la técnica de imagen de resonancia magnética funcional (RMF), los científicos recopilaron datos sobre 26.335 pares de conexiones funcionales entre 230 regiones cerebrales diferentes mientras los bebés dormían.

De estos niños, once fueron diagnosticados con autismo a los 24 meses de edad, lo que permitió a los investigadores aplicar algoritmos de aprendizaje automático para analizar los patrones cerebrales específicos, que predijeron correctamente 9 de estos diagnósticos sin falsos positivos.

La neuroimagen funcional permite cuantificar la activación, el metabolismo y la perfusión (alimentación de las células con oxígeno y nutrientes) de las distintas áreas cerebrales, además de la evaluación de la dinámica de los distintos neurotransmisores y la acumulación regional de varias proteínas.

Se estima que uno de cada 68 niños de todo el mundo se ve afectado por el TEA, que incluye un amplio grupo de trastornos del desarrollo neurológico que a menudo causan problemas continuos de comunicación, conductas repetitivas y otros síntomas que afectan la capacidad social.

Los científicos aseguraron que es necesaria más investigación para determinar si se aplica a los bebés sin un alto riesgo genético, pero estos hallazgos pueden suponer un primer paso hacia las medidas de detección precoz de autismo.

Esta detección temprana, junto con las intervenciones conductuales, podrían mejorar significativamente la calidad de vida de las personas con TEA, aunque la totalidad de los síntomas de conducta típicamente no aparecen hasta que los niños tienen dos años o más.




viernes, 2 de junio de 2017

Los problemas de comunicación no están en la raíz de los berrinches de los niños con autismo

Un estudio muestra que los berrinches se producen con la misma frecuencia entre los niños que no tienen problemas con el habla y de lenguaje.

Los niños con trastornos del espectro del autismo probablemente no tengan pataletas por la falta de habilidad de comunicación, sugiere una nueva investigación.

Los problemas del habla y del lenguaje son comunes en el autismo. Muchos niños con autismo no son capaces de hablar con claridad. Algunos no hablan en absoluto. Pero en este estudio, los investigadores encontraron que los niños con autismo que tienen un habla clara y una capacidad alta de comunicación tienen los mismos berrinches que los que no.

"Hay una creencia errónea habitual y generalizada de que los niños con autismo tienen más pataletas porque tienen dificultades para comunicar sus deseos y necesidades a sus cuidadores y otros adultos", dijo la investigadora principal, la Dra. Cheryl Tierney.

"La creencia es que la incapacidad de expresarse con el habla y el lenguaje es el motivo principal de estas conductas, y que si podemos mejorar su habla y su lenguaje, dichas conductas mejorarán por sí mismas", explicó.

"Pero encontramos que solo un porcentaje muy pequeño de pataletas son provocadas por la incapacidad de comunicarse bien con las otras personas o por la incapacidad de ser comprendidos por otros", dijo Tierney en un comunicado de prensa del Hospital Pediátrico de la Universidad Estatal de Pensilvania.

Tierney es la jefa de sección de pediatría del comportamiento y del desarrollo del hospital.

El estudio incluyó a 240 niños con un trastorno del espectro del autismo, entre 15 meses y 6 años de edad. Los investigadores analizaron la conexión entre el lenguaje y la frecuencia de los berrinches en estos niños. Los autores del estudio también evaluaron el coeficiente intelectual (CI) de los niños y su capacidad para comprender las palabras y para hablar con claridad.

"El CI es extremadamente importante porque un niño que tiene la capacidad mental de comprender y usar el lenguaje podría mostrar unas conductas distintas a las de un niño que no tiene la capacidad mental y la comprensión para usar el lenguaje", señaló Tierney.

Los investigadores afirmaron que habían encontrado que los déficits de CI y del habla explicaron menos del 3 por ciento de los berrinches de los niños. Los niños que hablaban con el nivel de un niño de dos años con un desarrollo normal tenían más berrinches que los que tenían unas peores habilidades del habla, mostraron los hallazgos.

"Tuvimos niños en nuestra muestra con una habla clara y la suficiente inteligencia para poder comunicarse, y sus berrinches eran igual de frecuentes en ese grupo", dijo Tierney.

"Deberíamos dejar de decir a los padres de niños con autismo que la conducta de su hijo mejorará cuando empiecen a hablar o cuando su lenguaje mejore, porque ahora tenemos los suficientes estudios para mostrar que es improbable que ocurra eso sin que haya una ayuda adicional", concluyó Tierney.

Los hallazgos del estudio descartan los problemas con el habla y el CI como la causa principal de los berrinches en los niños con autismo, pero se necesitan más investigaciones para saber con exactitud qué provoca estas pataletas. Los investigadores especularon que los problemas con la regulación del estado de ánimo y una baja tolerancia a la frustración probablemente tengan un papel y se deberían investigar.

Los investigadores también afirmaron que el análisis conductual aplicado (un tipo de terapia) y que tener el respaldo de un analista conductual bien entrenado y certificado puede marcar una diferencia positiva para los niños con autismo.

"Esta forma de terapia puede ayudar a los niños con autismo a volverse más flexibles, y puede mostrarles cómo satisfacer sus necesidades cuando usan comportamientos que son más aceptables socialmente que un berrinche", dijo Tierney.

El estudio aparece en una edición reciente en línea de la revista Journal of Development and Physical Disabilities.




El procesamiento de metales en niños afecta al riesgo de autismo


Los dientes de leche de niños con autismo contienen más plomo tóxico y menos de los nutrientes esenciales de zinc y manganeso, en comparación con los dientes de niños sin el trastorno neurológico.

El procesamiento de los metales en el cuerpo de los niños afecta su riesgo de autismo, según un estudio difundido hoy por el Instituto Nacional de Ciencias de la Salud Ambiental (NIEHS, por su sigla en inglés) de EE.UU., que lo financió.

El trabajo, publicado también en la revista especializada Nature Communications y dirigido por Manish Arora, científico ambiental y dentista de la Escuela de Medicina Icahn en Nueva York, estudió a gemelos para controlar las influencias genéticas y los posibles contribuyentes ambientales al trastorno.

Los resultados sugirieron que las diferencias en la exposición temprana a los metales, y en particular, cómo el cuerpo de los niños los procesa, pueden afectar el riesgo de autismo.

Los dientes de leche de niños con autismo contienen más plomo tóxico y menos de los nutrientes esenciales de zinc y manganeso, en comparación con los dientes de niños sin el trastorno neurológico.

Mediante el uso del láser para trazar los anillos de crecimiento en los dientes de leche generados durante diferentes períodos del desarrollo, los investigadores notaron que esta diferencia en la captación de metal entre los niños con y sin autismo fueron especialmente relevante durante los meses inmediatamente antes y después de su nacimiento.

Los menores con el trastorno neurológico registraron mayores niveles de plomo durante su desarrollo, con la mayor disparidad observada durante el período posterior al nacimiento. Estos niños obtuvieron una menor absorción de manganeso, tanto antes como después del nacimiento, además de niveles más bajos de zinc más temprano en el útero, aunque estos niveles aumentaron después del nacimiento.

"Creemos que el autismo comienza muy temprano, muy probablemente en el útero, y la investigación sugiere que nuestro ambiente puede aumentar el riesgo de un niño. Pero cuando estos son diagnosticados a los 3 o 4 años de edad, es difícil volver atrás y saber a qué estaban expuestas las madres ", aseguró la directora de la subdivisión de Genes, Medio Ambiente y Salud de NIEHS, Cindy Lawler.

Estos hallazgos se basaron en investigaciones previas que mostraron que la exposición a metales tóxicos, como el plomo, y las deficiencias de nutrientes esenciales, como el manganeso, pueden perjudicar el desarrollo cerebral mientras están en el útero o durante la primera infancia.

"A diferencia de los genes, nuestro medio ambiente está cambiando constantemente, y la respuesta de nuestro cuerpo a los factores de estrés ambiental no solo depende de cuánto estuvimos expuestos, sino a qué edad experimentamos esa exposición", agrega el jefe de la subdivisión de Exposición, Respuesta y Tecnología del NIEHS, David Balshaw.




martes, 30 de mayo de 2017

Las dietas y los complementos especiales para el autismo siguen siendo dudosos


Los padres de niños con autismo con frecuencia intentan cambios en las dietas o complementos para aliviar los síntomas del trastorno, pero una nueva revisión concluye que no hay ninguna evidencia sólida de que alguno funcione.

Tras analizar 19 ensayos clínicos, los investigadores encontraron pocas pruebas de que las tácticas dietéticas (desde los alimentos sin gluten hasta los complementos de aceite de pescado) ayudaran a los niños con un trastorno del espectro autista (TEA).

Algunos estudios mostraron efectos positivos y otros no hallaron nada, dijeron los investigadores. En general, los ensayos fueron demasiado pequeños y cortos para sacar conclusiones de una forma u otra.

"Aunque no tenemos evidencias claras que documenten su seguridad y eficacia, muchos (si no la mayoría) de las familias de niños con TEA prueban distintas dietas y complementos nutricionales en algún momento", comentó el investigador principal, Zachary Warren.

Con frecuencia, los padres piensan que como mínimo no pasa nada malo por intentarlo, según Warren, profesor asociado de pediatría, psiquiatría y educación especial en la Universidad de Vanderbilt, en Nashville.

Pero "esa suposición no siempre es segura", advirtió.

"Por ejemplo, algunos complementos nutricionales pueden en realidad ser nocivos en dosis altas", anotó Warren.

Recomendó que los padres hablen con el médico antes de cambiar la dieta de su hijo o añadir complementos.

Otros estuvieron de acuerdo.

"Es muy importante que los padres consulten al pediatra de su hijo si les tienta probar una intervención en la dieta", planteó Geraldine Dawson, directora del Centro de Autismo y Desarrollo Cerebral Duke en Durham, Carolina del Norte.

"Dado que los niños con autismo ya son selectivos con lo que comen, es esencial tomar en cuenta el impacto nutricional de cualquier cambio en la dieta de los niños", enfatizó.

Dawson escribió un editorial que acompañó al estudio, publicado en línea el 25 de mayo en la revista Pediatrics.

Thomas Frazier es director de ciencia de Autism Speaks, una organización sin fines de lucro. También animó a los padres a hablar con el médico de su hijo sobre la nutrición, lo que incluye a los complementos.

Algunos padres podrían mostrarse renuentes a hacerlo, dijo Frazier, porque creen que el médico se resistirá a esos tipos de métodos. "Pero quizá eso solo sea su percepción", anotó. "Creo que es importante tener esas conversaciones".

Todos los demás concurrieron en otra cuestión. Se necesitan estudios más grandes de "alta calidad" para saber si ciertas dietas o complementos benefician al menos a algunos niños.

Dawson apuntó que "para los padres es difícil saber si una intervención específica en realidad es efectiva a menos que se haya estudiado de forma cuidadosa. Los padres se merecen respuestas para saber la mejor forma de gastar su tiempo y su dinero".

Los hallazgos de la nueva revisión se basaron en 19 ensayos clínicos que el equipo de Warren encontró en una búsqueda de la literatura médica. Los estudios eran pequeños, incluían a entre 12 y 92 niños, y por lo general duraron menos de seis meses.

Varios estudios observaron si los ácidos grasos omega 3 planteaban una diferencia en las capacidades lingüísticas, la conducta o las habilidades sociales de los niños.

No hubo evidencias claras de un beneficio, según el equipo de Warren. En un par de ensayos, los niños que recibieron un placebo (una sustancia inactiva) mostraron mayores mejoras que los que tomaron complementos de omega 3.

Según Dawson, se ha encontrado que hasta un 30 por ciento de los niños con trastornos del espectro autista "responden" a los placebos, lo que resalta la importancia de los estudios bien controlados.
Otros ensayos evaluaron complementos, como las enzimas digestivas y la metil B-12, con resultados mixtos. Por ejemplo, un estudio encontró que las enzimas digestivas parecían ayudar a mejorar los síntomas digestivos y los problemas conductuales de los niños, mientras que otro no encontró ningún beneficio.

En cuanto a la dieta, varios estudios examinaron unas dietas sin gluten ni caseína, que se proponen con frecuencia para los niños con autismo. El gluten es una proteína que se encuentra en el trigo, el centeno y la cebada; la caseína es una proteína de la leche.

Una vez más, el equipo de Warren encontró resultados mixtos. Además, los estudios que sí encontraron un beneficio eran los menos rigurosos, dijeron los investigadores.

Estudiar el rol de los cambios en la dieta o los complementos para la gestión de los trastornos del espectro autista es inherentemente difícil, según Warren.

Los trastornos son complejos y varían mucho de una persona a otra. Un niño puede tener unos problemas más leves con las habilidades de comunicación y sociales, mientras que otro podría estar profundamente afectado y hablar poco o nada, y estar enfrascado en conductas repetitivas y obsesivas.

Entonces es posible, dijo Warren, que un método dietético podría beneficiar a ciertos niños y no a otros.

Obtener unas respuestas más claras conllevará ensayos más grandes y "bien pensados", afirmó Warren.

Frazier se mostró de acuerdo. "Sabemos que los TEA no son 'una sola cosa'", comentó. "Necesitamos más información sobre si hay subgrupos de niños que podrían responder más a una intervención dietética dada".

En Estados Unidos, alrededor de uno de cada 68 niños de EE. UU. ha sido diagnosticado con un trastorno del espectro autista, según los Centros para el Control y la Prevención de Enfermedades (CDC) de EE. UU. Los expertos creen que una mezcla de factores hacen que ciertos niños sean vulnerables, entre ellos la genética y ciertas exposiciones ambientales durante el desarrollo temprano del cerebro.




jueves, 27 de abril de 2017

Las embarazadas que fuman aumentan el riesgo de autismo de sus futuras nietas


Cada vez hay más evidencias de que nuestros hábitos de vida, muy especialmente de aquellos nocivos, tienen efectos que pueden trascender nuestra propia salud. Es el caso, por ejemplo y sobre todo, de las mujeres embarazadas, que en caso de fumar condicionan, y mucho, la salud de su futuro hijo. Pero aún hay más. Este perjuicio del tabaco durante la gestación puede incluso llegar hasta los nietos. Y es que como muestra un estudio llevado a cabo por investigadores de la Universidad de Bristol (Reino Unido), las niñas nacidas de madres cuyas progenitoras –o lo que es lo mismo, las abuelas– fumaron durante su gestación tienen un riesgo muy, pero que muy superior de padecer un trastorno del espectro del autismo (TEA).

Como explica Jean Golding, directora de esta investigación publicada en la revista «Scientific Reports», «es bien sabido que proteger a un bebé del humo del tabaco es una de las mejores cosas que puede hacer una mujer para ofrecer a su hijo un buen estado de salud en el comienzo de su vida. Y ahora, nuestros resultados muestran que el no fumar durante el embarazo también ofrece a sus futuros nietos un mejor comienzo».

Los TEA, caso entre otros del autismo y del síndrome de Asperger, son un conjunto de trastornos del neurodesarrollo que aparecen en la infancia y se caracterizan, entre otros síntomas y signos, por un déficit en la comunicación, dificultades para la correcta integración social, una dependencia exagerada de las rutinas, y una gran intolerancia ante los cambios o a la frustración. Unos trastornos cuya incidencia, estimada a día de hoy en un caso por cada 100 nacimientos, ha aumentado significativamente en los últimos años. Pero este incremento, ¿no se explicaría por las mejoras alcanzadas en el diagnóstico de estos trastornos? Pues, en parte, sí. Pero en opinión de los expertos, deben haberse producido algunos cambios en los estilos de vida que, igualmente, justifiquen este mayor número de casos de TEA.

En este contexto, en los últimos años se han desarrollado distintos estudios para evaluar una posible asociación entre el tabaquismo durante el embarazo y un mayor riesgo de TEA de los hijos. Unas investigaciones que, sin embargo, han arrojado resultados poco concluyentes. Es decir, no puede aseverarse que las gestantes fumadoras condenen a sus futuros hijos a un mayor riesgo de autismo. Entonces, ¿no hay relación entre la exposición fetal al tabaco y estos trastornos? Pues para responder a esta pregunta, los autores del nuevo estudio se han fijado en la generación anterior –o lo que es lo mismo, en las abuelas.

Los autores analizaron los historiales médicos de 14.500 niños británicos y se fijaron expresamente en la ausencia o presencia de tabaquismo durante la gestación de sus progenitores, tanto padres como madres. Y de acuerdo con los resultados, las niñas cuyas abuelas maternas fumaron en el embarazo tenían un riesgo hasta un 67% mayor de desarrollar algunas características típicas del autismo, caso de déficits en la comunicación y una dependencia exagerada de las rutinas. Es más; las hijas de madres expuestas al tabaco durante su desarrollo fetal también tuvieron una probabilidad un 53% superior de ser diagnosticadas de un TEA. Una herencia que, sin embargo, no se observó en el caso de los nietos varones.

Pero, este perjuicio del hábito tabáquico de las abuelas sobre sus nietas, ¿cómo se explica? Pues según indica Marcus Pembrey, co-autor de la investigación, «por lo que respecta al mecanismo, existen dos posibilidades: la transmisión de un daño en el ADN hasta la segunda generación o una respuesta adaptativa al humo del tabaco que provoca que las nietas sean más vulnerables a los TEA. La verdad es que no tenemos una explicación para esta diferencia de sexo entre las nietas y los nietos. Pero nuestros estudios previos ya habían mostrado que el tabaquismo de las abuelas se asocia con diferentes patrones de crecimiento en las nietas y nietos».

Y a ello se aúna, como continúa Marcus Pembrey, «de forma más específica, sabemos que el tabaco daña el ADN mitocondrial, y que las mitocondrias se transmiten a la siguiente generación únicamente a través del óvulo de la madre. Así, las mutaciones iniciales en las mitocondrias podrían no tener un efecto sobre las propias madres, pero su impacto podría ser mayor cuando fueran finalmente transmitidas a las nietas».

En definitiva, los nuevos hallazgos sugieren que cuando una mujer es expuesta al humo del cigarrillo cuando todavía se encuentra en el útero, esta exposición podría afectar a sus óvulos en desarrollo –provocando cambios que, a la larga, podrían afectar al desarrollo de sus propios hijos.

Como concluye Dheeraj Rai, co-autor de la investigación, «todavía desconocemos por qué un gran número de niños desarrollan autismo y sus comportamientos asociados. Las asociaciones observadas en nuestro trabajo plantean problemas intrigantes sobre posibles influencias transgeneracionales en el autismo. Necesitamos más estudios para ayudarnos a comprender los significados y mecanismos que se encuentran detrás de estos resultados».




martes, 18 de abril de 2017

El uso de antidepresivos en el primer trimestre de gestación, más seguro de lo estimado


Dos estudios descartan un mayor riesgo de autismo o TDAH tras la exposición intrauterina a medicación antidepresiva.

El estudio se basó en los datos de casi 36.000 nacimientos.

El consumo de antidepresivos durante las primeras semanas de embarazo no incrementa el riesgo de desarrollo de autismo o trastorno por déficit de atención e hiperactividad (TDAH) en la descendencia, según dos estudios que se publican en el último número de JAMA, que contradicen los resultados de investigaciones previas.

El primero de ellos, dirigido por el investigador de la Universidad de Indiana (Estados Unidos) Brian D'Onofrio, sólo halló una evidencia significativa de un pequeño incremento del riesgo de nacimiento pretérmino. Tras controlar múltiples factores de riesgo implicados, tampoco se detectó una reducción del crecimiento fetal en los niños expuestos.

En opinión de D'Onofrio, "valorar los riesgos y los beneficios de tomar antidepresivos durante el embarazo es una decisión muy difícil que cada mujer debe adoptar consultando a su médico". Sin embargo, añade, "este estudio sugiere que el uso de ese tipo de medicación durante el embarazo puede ser más seguro de lo que se pensaba hasta ahora".

El análisis, realizado en colaboración con investigadores del Instituto Karolinska, en Suecia, se basa en los datos de todos los nacimientos en Suecia desde 1996 hasta 2012, que sumaron más de millón y medio. Además, incorpora los datos de las prescripciones de antidepresivos en adultos, los diagnósticos de autismo y TDAH en niños, la edad de los progenitores, su nivel educativo, etc.

Los autores del estudio consideran que aún es pronto para trazar conclusiones definitivas: "Aunque no se puede descartar una relación causal, la asociación apreciada por estudios anteriores podría deberse a otros factores".

En el segundo estudio, encabezado por Simone Vigod, del Women's College Hospital de Toronto (Canadá), se incluyeron casi 36.000 nacimientos con una edad gestacional media de 38,7 semanas, una edad materna promedio de 27 años y un seguimiento medio de cinco años. En los 2.837 (7,9 por ciento) en los que la madre consumió antidepresivos, se diagnosticó un trastorno del espectro del autismo (TEA) al 2 por ciento de los niños.

Los investigadores comprobaron que quienes estuvieron expuestos a inhibidores selectivos de la recaptación de serotonina -utilizados en el 82 por ciento de los embarazos- tenían un mayor riesgo de TEA, pero la relación dejó de ser estadísticamente significativa tras ajustar los factoresque podían inducir confusión.




martes, 11 de abril de 2017

Los padres pueden reducir los síntomas del autismo antes del primer año de vida del niño


La formación de los padres para que comprendan y respondan al estilo individual de comunicación de sus bebés minimiza los signos y síntomas asociados al trastorno. 

Los TEA son un conjunto de trastornos del neurodesarrollo que aparecen en la infancia y se caracterizan, entre otros síntomas y signos, por un déficit en la comunicación, dificultades para la correcta integración social, una dependencia exagerada de las rutinas, y una gran intolerancia ante los cambios o a la frustración. Unos trastornos cuya prevalencia se estima en un caso por cada 100 nacimientos pero que son mucho más comunes –el riesgo es de hasta un 20%– en los bebés que tienen hermanos mayores con TEA. Sin embargo, y si bien el diagnóstico de autismo no se establece hasta que el niño ha cumplido la edad de 2 años –y en ocasiones, hasta los 4–, los padres pueden hacer mucho por ayudar a sus hijos con TEA antes de que cumplan su primer año de edad. De hecho, un nuevo estudio dirigido por investigadores de la Universidad de Manchester (Reino Unido) muestra cómo una ‘intervención formativa’ dirigida a los progenitores no solo minimiza la gravedad de los síntomas emergentes del trastorno cuando el bebé no ha alcanzado los 12 meses, sino que reduce la probabilidad de que desarrolle las dificultades características del autismo en los siguientes años de la infancia.

Como explica Jonathan Green, director de esta investigación publicada en la revista «Journal of Child Psychology and Psychiatry», «lo realmente novedoso de nuestro trabajo es cuán precoz podemos iniciar la intervención. Ya sabíamos que intervenciones similares durante fases más avanzadas de la infancia pueden tener efectos a largo plazo. Y ahora, lo que demostramos es que realizar la intervención durante el primer año de vida puede conllevar mejoras muy importantes en el desarrollo a medio plazo del bebé. Unas mejoras que, además, se mantienen una vez la terapia ha concluido. Se trata de un resultado muy prometedor que establece una excelente base para la realización de ensayos clínicos más grandes utilizando la intervención en fases muy tempranas del desarrollo».

En el estudio, los autores emplearon una versión adaptada del Vídeo Interactivo para el Programa Parental de Promoción Positiva (VIPP) del Estudio Británico de Autismo en Hermanos Pequeños (iBASIS). Y lo que hicieron fue utilizar esta versión para mostrar, durante un mínimo de seis visitas domiciliarias, a 28 parejas de padres cómo comprender y responder al estilo individual de comunicación de sus bebés para, así, mejorar su atención, comunicación, desarrollo del lenguaje e interacción social. Concretamente, la intervención se llevó a cabo durante un periodo de cinco meses –desde que el bebé contaba con nueve meses hasta que alcanzó la edad de 14 meses–. Y con objeto de analizar su eficacia, los autores evaluaron a los bebés a las edades de 15, 27 y 39 meses.

Los investigadores compararon los resultados logrados con la intervención con los de 26 niños cuyos padres no fueron ‘formados’ mediante el VIPP-iBASIS. Y lo que observaron es que los bebés de las familias que recibieron la terapia audiovisual mostraron una mejoría en los comportamientos, emergentes y tempranos, asociados al autismo.

Es más; la mejoría se amplió durante el desarrollo posterior del niño una vez se había finalizado la terapia, resultando especialmente significativa en las interacciones entre los niños y sus padres.

Como refiere Michelle, participante en el estudio y madre de una niña –Natalie– considerada en alto riesgo de autismo tras el diagnóstico del trastorno en un hermano mayor, «la lucha para establecer el diagnóstico de mi primer hijo y aprender cómo ayudar a un niño con autismo resultó muy duro. Así, cuando nació nuestra hija tomamos la determinación de no pasar por lo mismo. Y nos sentimos muy contentos de tomar parte en el estudio cuando Natalie contaba con una edad de solo tres años. Ojalá hubiéramos tenido esta oportunidad cuando nuestro primer hijo era más joven. Espero que esta investigación pueda ayudar a desarrollar herramientas para los médicos y las familias y que los niños en riesgo de autismo o que están esperando un diagnóstico puedan obtener mucho antes la ayuda que necesitan».

En definitiva, parece que los padres pueden desempeñar un papel aún más precoz a la hora de mejorar el desarrollo de sus hijos con TEA y minimizar la intensidad de sus signos y síntomas. Sin embargo, y a pesar de que los resultados son ciertamente prometedores, parece que aún habrá que esperar antes de que esta intervención pueda aplicarse en el mundo real. Y es que como reconocen los propios autores, hacen falta estudios más grandes que permitan establecer unas conclusiones definitivas y evalúen los efectos a largo plazo de esta intervención. 

Como indica Jonathan Green, «si la intervención continúa mostrando estas mejorías en los futuros ensayos clínicos, entonces tendría un potencial uso real para las familias en el momento que afloran las primeras preocupaciones o que cuentan con hijos en riesgo genético de desarrollar autismo».

Sea como fuere, apunta Kathryn Adcock, co-autora de la investigación, «si bien el nuestro es un estudio pequeño y, por tanto, no puede ofrecer una respuesta definitiva, también es verdad que muestra unos beneficios muy prometedores de la intervención precoz».

Como concluye Jon Spiers, director general de Autistica, organización benéfica británica implicada en la financiación de este estudio, «por lo general, los padres se dan cuenta muy pronto de que su hijo se está desarrollando de una forma diferente. 

Todo ello a pesar de que el diagnóstico de autismo pueda llevar años. Así, el poder llevar a cabo una intervención durante este periodo de incertidumbre puede ser un avance muy importante para millares de familias. Estamos muy satisfechos de haber colaborado en la financiación de este trabajo y solicitamos una mayor inversión en estudios similares sobre intervención precoz en el autismo».